jueves, 30 de mayo de 2013

Julio Cortázar: historia de una amistad

1

Tus ojos de gato –profundos, lúdicos, largos— abrían paso a tu personalidad. A ti siempre te castigó la mirada Julio Cortázar. Te sancionó porque en ella se empozaban tus inquietudes, tus bromas, tus cualidades, tus tribulaciones, y no había quién detuviera esas dos reverberaciones emocionales que te exponían como un cuadro de Munch. Te vi muy tarde, en una entrevista concedida a Joaquín Soler Serrano en 1977. Fumabas y te movías con cierta elegancia, con un aire perspicaz que a la vez se sacudía de muchas poses, de apariencias que hacen a los escritores, a veces, tan inaguantables, tan lacrimosamente huachafos, y eso, Julio Cortázar, era de lo que siempre procuraste escapar. Quizás por eso me resultas inmune al sentimentalismo barato, a la cursilería latinoamericana, al llanto en pañuelo y a la plañidera impostada.

Y qué buen entrevistador tenías delante. Un español que sabía tanto de literatura hispanoamericana como tú de surrealismo francés. Eras uno de los tantos grandes que desfilaron por ahí, y gracias a él y la Televisión Española, A fondo nos dejó, a los lectores fetichistas, entrevistas imprescindibles, copiosas de frases fantásticas y anécdotas contadas de las mismas bocas de quienes escribieron esos libros que nos hicieron sentirnos inconformes y maravillados de la vida como los tuyos, Julio.

Larguirucho, ya tenías tus barbas de Che Guevara a quien tanto adoraste en vida sin siquiera haberlo conocido. Tu carta dirigida a Adelaida y Roberto Fernández Retamar no solo no se cae de mis manos, sino que me emociona hasta el punto de que sale a borbotones esa conmoción, como si a mí se me hubiera muerto el hermano cuando en realidad a ti se te cayó la revolución, tu figura sediciosa favorita. Hasta ahora puedo leerla y escuchar tu voz de erres gargarizadas recitándola, acaso con un leve quiebre y algunos silencios de por medio. Porque a pesar de haber escrito una novela por ratos tan cerebral, también estabas lleno de vida, juventud y voracidad. Por eso nosotros los jóvenes, los chicos sesenteros que nacieron en el siglo veintiuno, te tenemos un cariño especial. Por eso queremos tanto a Julio Cortázar.

2

El suscrito empezó leyendo a Cortázar muy mal. Porque no tenía ni idea de lo que era Ghirlandaio o Max Ernst. Mucho menos conocía a Lezama Lima y cuando de repente me espetabas, en Rayuela, con esas palabras que no las encontraba en el día a día y solo podía verlas en el diccionario sentía que había perdido la brújula, Julio, y habías logrado lo que te habías propuesto: que arroje tu libro por la ventana. Era un lector-hembra que solía dejarme llevar por la voz de un narrador que casi todo me contaba. Hasta que me cambiaste los capítulos: los alteraste uno por uno, siguiendo tu fidelísimo estilo de jugar con las palabras, con la estructura, con los tiempos, con los capítulos y con el lector.
Tuvo que pasar algún tiempo, en el que estuve hurgando libros que no me tomaran tanta deliberación como el tuyo. Hasta que me regalaron otra vez tu libro originalísimo, tu mejor novela quizá, y empecé a saborearla lentamente.

La edición de RBA trae un estupendo prólogo de un amigo tuyo –Saúl Yurkiévich—, que leí al galope, y del que también me volví un fiel lector, hurgando entre la cachina de las páginas web algún otro estudio de ese crítico gaucho que había heredado tu sillón, desde el cual pergeñó un resumen de tu impronta y de tu vida. Fue por él que me enteré de tu apodo de niño (belgicano) y también de tu amor por Orson Welles, el estilo de tu prosa take, tu simpatía por los animales y el desdoblamiento, tu estupor por las otras realidades que estaban en el medio de las cosas (el intersticio del que tanto hablabas en La prosa del observatorio) y la radiografía de tus creaciones literarias que, contra todo pronóstico, parecían atender a una planificación dispuesta por el azar.

Quizás a estas alturas se ha escrito mucho sobre Rayuela. La prensa suele ser belicosa, los críticos suelen hablar de lo mismo y revolcarse en la superchería de elaborarnos nuevos discursos sobre lo que en realidad ya se dijo. Pero yo no trato de hacérselo creer a los lectores (lectores-hembra, también), sino de decirles que tu obra en general me ha chocado lo suficiente como para perder mi originalidad: tu figura es un espejo incómodo del que trato de zafarme por razones morales.

Sin embargo, cómo parar de evocar a La Maga y a Oliveira. Él solía burlarse también de las poses y por eso Gregorovious me parecía, por ratos, tan risible: trataba de posar de intelectual frente a La Maga. Y ella, tan linda, sencilla e ineluctablemente sensiblera, cargando con un hijo que muere y del que tú te burlas, porque no parece ser para ti un hecho tan dramático. Y después el Club de la Serpiente que llegó a marcar hitos en las reuniones amicales: todos, de pronto —sea en los años sesenta o en estas épocas— se volvieron fanáticos del jazz. Creo, reticentemente, que ese también debió ser uno de tus propósitos solapados: convertirnos en pandillas que quisiéramos imitar a tus intelectuales que hablaban de arte contemporáneo y ontología con desdén, como quien se sacude una pelusa del hombro.

Y asimismo, Julio Cortázar, no podías dejar esa ambivalencia que te perseguía —como a Jhonny Carter, tu perseguidor—, y tuviste que meterte con Buenos Aires, con Traveler y Talita, y reírte de tus costumbres porteñas, de los diccionarios convertidos en instrumento lúdico donde eran el juego del cementerio, y elaborar nuevos juegos como las preguntas balanzas que son acaso tan enigmáticas como el gíglico –lenguaje sensual, erótico e inigualable. Cómo olvidar a Berthe Trepát con su pantomima de pianista fracasada o a Talita haciendo malabares sobre un tablón para alcanzarle mate a Oliveira. Leer a Traveler renegando del cariño que tenía hacia ese orate deportado de Francia, y, finalmente, saber que el libro no tiene final, que acaso podría seguir y seguir dando vueltas porque desde el inicio —sin descubrirlo— ya presuponía una circularidad en el tiempo, en la travesura misma de seguir dándole a la rayuela y alcanzar el cielo de Horacio Oliveira.

3

Ahora sé que primero debí leer tus cuentos. Ahí estaba el verdadero Cortázar. Más, incluso, que en Rayuela. Podías ser ajolote, un tal Lucas o personajes de vidas mediocres que caminaban, sin saberlo, hacia el lado de lo fantástico, que era, al fin y al cabo, la orilla desde donde nadabas como pez en el agua. En tus cuentos uno descubría la belleza de lo cotidiano, el tedio de la modernidad, las culturas antediluvianas regenerándose ante nuestras vidas, la nostalgia por el engaño y la rutina, la invasión impávida de lo fantástico en lo real y la tensión como tu eficaz elemento de perfección literaria.

Y así como encubrías de misterio todo lo que fuera vagabundeo, locura, juego y artimaña, también le pusiste su cuota de compromiso político. Apocalipsis de Solentiname es probablemente uno de los más bellos cuentos que he leído así como de los más comprometidos con una realidad que en ese entonces resultaba tan próxima en Latinoamérica –por ahora las nuevas dictaduras no han perpetrado la masacre que describiste en ese relato.

Pero eso no te hizo inmune a cierto descrédito, ganado acaso por ti mismo. Justificar el estalinismo, algunas salvajadas comunistas y no renunciar al castrismo a pesar de lo de Heberto Padilla te convirtió en un ortodoxo ingenuo. Porque veías en el socialismo un encanto utópico, donde si debían aparecer excesos era más por una mera causa de la revolución que por un efecto represivo. Por eso te comiste, como hasta ahora lo hace García Márquez, el cuento de que Fidel Castro era verdaderamente un líder revolucionario. Por eso también tus posteriores peleas con Cabrera Infante, al que llamaste hijo de puta sin un ápice de arrepentimiento.

Sin embargo, sé que fuiste una persona fresca, sin bríos de grandeza a pesar de tu talento y genialidad. Lo sé por tus cartas a Jonquières, tu amigo poeta y pintor, donde le hablas de críticas literarias y artísticas, sobre tu trabajo en la UNESCO, tu odio hacia el peronismo y los argentinos que te creían un traidor por escribir desde Francia sobre su precaria situación, tus traducciones sobre Edgar Allan Poe, tus miserias y regocijos en París, entre tantas otras cosas que uno le escribe a su amigo, dejando entrever nuestro verdadero rostro. El de Cortázar, ya lo he dicho, estaba en sus ojos: desafiantes, transparentes, incautos.

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